UNA HERMOSA PROMESA

Hoy quiero hablaros de mis abuelos paternos, dos de las personas más importantes de mi vida. Ellos estuvieron a mi lado cuando nació mi hija. Mi abuela me acompañó en el parto, un momento mágico que nunca olvidaré. Pasábamos juntos todas las Nocheviejas. Las recuerdo llenas de risas y lágrimas de felicidad. En los últimos años nuestra unión y complicidad se hizo mucho más fuerte, y ellos se convirtieron en una parte esencial de mi existencia.

Hoy, quiero contaros una pequeña historia, la de una promesa cumplida. La que prometí a mi abuela antes de que ella falleciese, y que por circunstancias no pude cumplir estando en vida, y para ello os voy a contar como comenzó.

Les encantaba viajar siempre que podían, y un año decidieron ir a Jaén en Semana Santa. Allí presenciaron la Procesión de el Abuelo, (El Cristo de Nazareno). Quedaron tan enamorados que a partir de entonces no había año que faltasen a su cita con el. Siempre estaba presente, en su mente, en sus palabras y en su corazón.

Sólo dejaron de acudir a su cita cuando mi abuelo enfermó. Aún así, esperaban con impaciencia la ocasión en la que alguien les pudiese acercar. Pero desgraciadamente falleció antes. El día de la incineración regalamos a mi abuela una urna en forma de paloma con las cenizas de mi abuelo, para pudiese conservar un poco de él con ella. Se querían muchísimo, y con ello conseguimos que de alguna manera continuasen juntos.

Unos años después mi abuela enfermó, y se vio tan malita que me pidió acercarla a Jaén para ver a el Abuelo, ( El Cristo de Nazareno), en cuanto se recuperase un poco, y que con nosotras llevásemos las cenizas de mi abuelo. Por supuesto acepté, pero tiempo después empeoro y en cuestión de días falleció, de repente y sin esperarlo. Creí que mi mundo moriría con ella, nos dejó y yo no había cumplido mi promesa. En el tanatorio compre un colgante precioso en forma de corazón en el que poder llevar sus cenizas ante el Abuelo. Me prometí a mi misma llevar a mi abuela a Jaén fuese como fuese.

Incineramos a mi abuela junto con la paloma que contenía las cenizas de mi abuelo, de esta forma con el colgante llevaría a los dos a Jaén, y mi promesa sería doblemente cumplida.

En Agosto de ese año emprendí junto a mi padre y algunos miembros de la familia el viaje. Al llegar al Santuario la emoción pudo con nosotros. No paramos de llorar por lo que ese instante representaba. Yo, que sostenía el colgante con los restos de mis abuelos en mis manos, era incapaz de soltarlo. Sentía dentro de mí tal eclosión de sentimientos que se unía el dolor por no haber llevado a mis abuelos con vida, con la alegría de estar cumpliendo mi promesa.

Estar delante de la figura de el Abuelo fue sin duda algo inmenso, quedé prendada ante él, y por fin comprendí lo que mis abuelos sintieron la primera vez que sus vidas se cruzaron.

Hablamos con los miembros de la Cofradía y con el párroco. Les explicamos el caso y nos ayudaron en todo lo posible. Colocaron el colgante en el manto de El Cristo y les dieron una misa. Al día siguiente esparcimos sus cenizas. Fuė un momento único. Mis abuelos por fin descansarían. Por fin estaban donde tanto habían deseado estar y sentí paz, mucha paz.

Ahora me siento feliz, porque sé que ellos lo estan. Sé que están en paz y que se sienten orgullosos.

Han pasado los años y recuerdo aquel momento como si fuese ayer. Las lágrimas brotan de mis ojos cada vez que rememoro aquellos instantes y mi corazón late con fuerza.

Abuelos, os echo muchísimo de menos. Os quiero con toda mi alma.

Un enorme beso a todos.

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